jueves

Garmendia investiga.






El inspector  Garmendia  recorría la cocina de la familia Ponce, observaba con atención  a Eugenia,  la secretaria, que entre lágrimas relataba lo sucedido.  
—Llegué a las ocho como todos los días, la encontré  dormida y la dejé descansar, tiene la costumbre de tomar varias pastillas para dormir  —se secó los ojos, continuó relatando entre suspiros— .Regresé a las diez, estaba en la misma posición, le hablé,  comprendí que no me oía. Algo  estaba pasando: llamé al doctor.
    — ¿Cuál fue el diagnóstico? —inquirió Garmendia.
    —Paro cardíaco —al decir esto se largó a llorar, era tan delgada y menuda que su cuerpo se agitaba como una rama al viento.
La dejó desahogarse, luego  insistió:
    — ¿Había tenido algún disgusto?
    —No sé, no me comentó nada. Ayer la vi cenando sola, le pregunté si necesitaba algo más, respondió que no y me marché. Parecía muy tranquila.
    —¿Sabe si tenía enemigos, problemas familiares?
    —Enemigos no, sólo que siempre discutía con su hijastra Silvina, eso la ponía de mal humor.
    — ¿La chica vive aquí?
    —A veces sí, otras se queda con sus amigas y cuando se le termina el dinero; regresa. No estudia ni trabaja.
    — ¿Ese era el motivo de las peleas?
    —Sí, la señora le decía que era una gitana.
Se abrió la puerta y entró una joven como una ráfaga. Vestía  con elegancia, sus ojeras oscuras le daban  aire de agotamiento, pero no le quitaban belleza.
    — ¿Qué sucedió? ¿Qué le pasó a Marcela? —preguntó mirando a  Eugenia.
    —Esta mañana la encontré muerta. El inspector Garmendia —dijo señalándolo — está investigando.
    — ¿Investigando? —miró de arriba abajo la gruesa figura del inspector.
    —Pura rutina señorita.
La joven salió. Al regresar, su cara  lucía una palidez extrema, Garmendia le pidió hablar a solas, se dirigieron a la biblioteca.      
—Señorita  Ponce…
— Me llamo Silvina.
—Silvina, la señora tiene  marcas en los brazos, parecen quemaduras.
— Ella es artista plástica, suele soldar metales.
— ¡Ah!  ¡Puede ser!  Necesito los datos de la señora –dijo Garmendia.
Quedaron solos en la biblioteca.

Días después el inspector regresó a la casa de los Ponce. Eugenia  abrió la puerta.
    — ¿Otra vez, qué necesita?
    —La extrañaba a usted  —respondió con una sonrisa pícara, notando que no era bienvenido— ¿Sigue trabajando?
    —Silvina  me pidió que ponga en orden los papeles de la señora —lo acompañó al living. Era tan frío su trato que Garmendia confirmó que su presencia  no era apreciada por la secretaria.
    — ¿Por qué? ¿Hay desorden?
    —Cuentas que pagar, y poner al día los libros. ¿Qué necesita inspector?
    —Si me permite recorrer la casa. No la voy a molestar.
    —Voy a llamar a Silvina y consulte con ella —se alejó moviendo su pequeña silueta con desenvoltura. Al entrar la señorita Ponce, le sonrió con tristeza y lo acompañó, hablaba  tratando de desahogarse:
    —Me siento mal. Estoy arrepentida de todas las perrerías que le hice a Marcela. Creí que se había casado con mi padre  por interés, tenían tanta diferencia de edad. Pero el abogado Galindez me dijo que ella  había puesto el setenta por ciento de la herencia a mi nombre.
— ¿Quién es Galindez?
—El abogado de Marcela, primero lo fue de mi padre, luego de mi madrastra.
Recorrieron las habitaciones, llegaron al baño, era amplio, canastos blancos de varios tamaños, le daban un aspecto muy sobre cargado, el inspector curioseaba  todos los rincones.  
— ¿Busca algo? —preguntó Silvina.
—No sé. ¿Notó algún cambio?
—No.
—Si nota algo infrecuente me avisa.
—Inspector, me resulta rara su actitud. ¿Qué sospecha?
—Señorita no sospecho, su madrastra fue asesinada. Las quemaduras en sus brazos y manos no son producto de una soldadura.
Los ojos de Silvina se abrieron.
—Por eso le pido que me avise si nota algo diferente —.Garmendia notó sinceridad en la muchacha— .Estamos investigando a todos los  de la casa.
 — ¿A mí también? —preguntó la joven.
—Sí, a usted también.
—Pero mi madrastra era una mujer sin enemigos.
—Usted la creía su enemiga —exclamó el inspector.
—Es cierto, pero yo no sería capaz de asesinarla.
—No lo sé —respondió Garmendia con una sonrisa.
Siguieron recorriendo la vivienda, el inspector preguntaba detalles que Silvina respondía con seguridad. En un momento descubrió que la secretaria los vigilaba. ¿Trataba de de escuchar lo que conversaban?

Mientras investigaban la cuenta bancaria de la señora Marcela, descubrieron un faltante de cuatrocientos mil pesos, habían sido retirados  días antes de su muerte.  
Garmendia regresó a la casa de los Ponce para hablar  con Eugenia, ella lo hizo pasar y le ofreció una silla y quedó de pie, frente a él.
—Hace pocos días, de la cuenta de la señora Ponce retiraron una cantidad importante de dinero. ¿Lo sabía?
 —Si, la señora hizo el cheque, lo cobré y le entregué el dinero, no sé más.
 — ¿Siendo su secretaria, no estaba informada, no preguntó?
 —No,  no me correspondía. Siempre realizaba lo que la señora me pedía sin preguntar.
La oficina era un salón pequeño, sin ventanas y con muchos estantes cargados de carpetas y libros. Eugenia respondía con las justas y necesarias palabras. Viendo que no lograba nada importante, el inspector se despidió. Al salir recibió un llamado de Perrucho, el forense del caso Ponce, el informe que le dio lo sorprendió.
Una hora más tarde, lo llamó Silvina Ponce:
—Lo invito a tomar un café, quiero que hablemos.
Se encontraron en un bar cercano a la seccional. El Inspector llegó primero, pidió un café y se sentó cerca de la ventana para verla llegar. Silvina fue puntual. Luego de escucharla, comprendió que la sospecha de Perrucho, el forense estaba tomando forma.
—Creo que la madeja se está desenredando solita —dijo el inspector.
— ¿Qué quiere decir? —Silvina lo miraba sin entender.
—Por ahora vamos encontrando, el cómo,  pero me falta saber ¿quién y por qué?
La joven lo miró esperando que  dijera algo más y Garmendia guardó silencio.
Se despidieron, Silvina quedó inquieta al darse cuenta que no confiaba en ella, era claro que el inspector estaba escondiendo una carta importante. Él permaneció en la vereda mirándola partir, era delgada, su cabello rojizo y suelto atraía las miradas de los hombres que pasaban cerca. Garmendia no la creía capaz de un crimen, pero…

Al llegar a la morgue fue directo a la oficina de Perucho, lo encontró ordenando unos papeles que terminaba de imprimir.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Trato de poner orden en este caos.
La oficina era un cuadrado de dos por dos, con un escritorio,  computadora, una vieja impresora y dos  sillas desvencijadas, las paredes manchadas de humedad le daban aspecto de abandono. Garmendia tomó asiento y  el perito le dijo:
—La señora  tiene pequeñas quemaduras generadas por el paso de corriente eléctrica  
—¿Cómo se originaron?
—Eso no lo sé, es tu campo de investigación. Cuando la piel entra en contacto con una fuerza eléctrica, la energía se transforma en calor y quema la superficie dañando los tejidos localizados bajo la piel. Una persona mojada, puede o no, sufrir quemaduras, lo que sí sufre; es un paro cardiaco que si no se atiende rápidamente lleva a la muerte.
—¿Pudo ser provocado? —el inspector miraba al forense con ansiedad.
—Puede ser  que sí, hay que averiguar, qué fue el detonante.
Garmendia abandonó la oficina de Perrucho. En la calle el aire fresco pareció serenarlo, le dolía la cabeza, cada paso de la investigación agregaba un nudo más difícil de deshacer.
Decidió que le convenía visitar a Galindez, el abogado de la señora Ponce.  Descubrió que al letrado no le caía  bien la señorita Eugenia.
—¿Qué opinión tiene de la secretaria?
—Ella es una chica sin ningún detalle especial, un tanto soberbia. 
—¿Le puedo preguntar por qué no le gusta la secretaria?
—¿Se nota? —preguntó con una sonrisa burlona.
—Sí.
—Se  tomaba atribuciones, no sé que más decirle, me cae mal y punto.
— ¿Qué tipo de atribuciones se tomaba?
—A veces yo llamaba para hablar con mi cliente y me decía que no me podía atender, sin consultarlo, cuando se lo preguntaba a Marcela,  ni siquiera le había avisado de mi llamada.
—¿Sabe algo de un faltante de cuatrocientos mil pesos, de la cuenta de la señora?
—Marcela tenía su cuenta, no me consultaba sobre sus fondos particulares. Yo me ocupaba de la renta que recibía mensualmente, hacía inversiones, que  consultaba con ella.
— ¿Quién pudo odiarla hasta causarle la muerte?  —preguntó el inspector.
—No lo sé, era una buena persona.
Mientras hablaban sonó el celular de Garmendia, escuchó y sólo dijo:
—En media hora voy para allá.
Se despidió y mientras manejaba rumbo a la casa de los Ponce, pensaba: “Esto se está complicando”.  
Al llegar lo recibió la secretaria.
—Inspector, falta una obra de la colección que estaba en del depósito.
Bajaron al sótano, era un amplio salón, rodeado de estantes con obras en exposición y otras embaladas, le mostró la pieza en los catálogos.
—Es pequeña, pero de gran valor —se notaba que Eugenia estaba nerviosa— iba a ser expuesta en la bienal de Roma el año entrante. Era  una de las preferidas de la señora Marcela.
—¿Cómo entraron los ladrones?
—No lo sé, había dos  llaves, una la tenía la señora, la otra estaba guardada en su escritorio, es la que usé para entrar, y las ventanas que comunican con el exterior son pequeñas están a ras de la calle y tienen rejas.
—¿Puede ser que hayan robado el día que la mataron?
—Tal vez, no sé qué decirle.
—Será mejor que cierre con llave nuevamente, hasta que vengan los peritos de la científica  a tomar huellas y a investigar. ¿Puedo pasar al cuarto de la señora?
Eugenia  lo acompaño y lo dejó solo, el inspector halló un mueble cerrado con llave, con una ganzúa lo abrió. Encontró cartas, al leerlas su cara iba cambiando de expresión. Las guardó en el bolsillo interno de su saco. Fue a la oficina de Eugenia y se despidió,  ya en la calle, respiro hondo, estaba confundido, sospechaba de todos. Se quedó en su coche ya era tarde, de un momento a otro la secretaria debía retirarse. La espero. Media hora después ella salió, subió a su coche y partió. Él la siguió a corta distancia. Eugenia se detuvo en un restorán, entró. Garmendia espero unos segundos, ingresó y se sentó en un rincón apartado, podía observar    sin ser visto. Eugenia hablaba con un joven, discutían.  Garmendia no lograba oír la acalorada conversación. Con su celular los fotografió. Ellos se retiraron, ya en la calle él la tomó por los hombros, intentaba calmarla, subieron al coche de ella y se fueron.
Al día siguiente, el inspector averiguó con el abogado Galindez quién era el joven al que había fotografiado. Resultó ser Iván, el hermano de Eugenia.
Las cartas encontradas, demostraban que entre Ivan y la señora Ponce, había existido una relación amorosa. La diferencia de edad no fue una imposibilidad con solo leer las esquelas se comprobaba una fuerte pasión entre ellos.

Los informes forenses trajeron luz sobre las quemaduras en el cuerpo.
La señora Marcela Ponce había fallecido por un infarto producido por una descarga eléctrica, Los peritos descubrieron que estando en la bañera, hubo un cortocircuito al encender el hidromasaje. La descarga  la mató y eso produjo las quemaduras.  La falla en el sistema eléctrico no fue casual, fue preparado. Seguramente por el mismo que retiro el cuerpo, lo secó, lo vistió y lo llevó a la cama.
Garmendia tenía en la mira a  Silvina, Eugenia e Iván. Tal vez los tres habían participado en el crimen, una corazonada le decía que eran dos, ¿Pero quienes?   
Los tres fueron detenidos. Antes de que llegaran sus abogados, el  inspector atacó. Les tomó declaración por separado. Trataría de que creyeran que entre ellos se acusaban, el truco era viejo pero siempre daba buen resultado. Comenzó por Eugenia, la más débil.

Como era de imaginar durante el interrogatorio la secretaria, lloró a moco tendido
—¿Sabía el destino del dinero que sacó del banco? —preguntó el inspector.
—Ya le dije que no.
—Su hermano dice que sí, que usted le entregó el sobre y que sabía del chantaje.
—¡Miente! Eso me lo contó él unos días después cuando descubrí lo que habían hecho, él y su novia.
—¿Quién es la novia?
—Usted lo sabe muy bien, se acostaba con las dos. Con Silvina y con la señora Ponce.
—¿Por qué no me lo dijo antes? Lo encubrió.
—No lo encubrí. Sospechaba, pero no tenía pruebas ya le dije, mi hermano me lo contó varios días después.
—¿Cuándo? ¿La noche que se encontraron en el restorán?
Los ojos de Eugenia se abrieron.
—Sí. ¿Cómo lo sabe?
Garmendia le acercó el celular con las fotos. La joven se largó a llorar nuevamente. El inspector  consideró que era demasiado estúpida para estar metida en el crimen.

Con Silvina  la cosa fue distinta, no lloraba, guardaba silencio.
—¿Sabía del chantaje a su madrastra?
—No.
—Cómo que no, Iván dice que lo organizaron juntos.
—Él puede decir lo que quiera.
—Cuando me llamó para decirme que el sistema de hidromasaje de la bañera no funcionaba ¿Qué quiso demostrar, qué era inocente?
—…….
—Iván declaró que usted y él fueron socios en el crimen.
—No voy a hablar sin mi abogado.
—Los peritos encontraron sus huellas y las de Iván en el sótano. ¿Dónde está la obra robada?
—Es lógico que mis huellas estén en las piezas, ayudaba a mi madrastra en el embalaje y traslado y me encargaba de tenerlas protegidas del polvo.
Quedó en silencio.
Garmendia comprendió que Silvina no iba a hablar, demostraba demasiada seguridad  y la dejó tranquila.
Con Iván fue diferente, el joven lo sacaba de las casillas.
—¿Dónde están las fotos con las que chantajeaba a la señora Ponce?
—No sé de qué habla.
—Marcela Ponce le entregó dinero para que se callara la boca sobre la relación que mantenían y para que le entregará los negativos y las fotos  comprometedoras.
—No sé de qué habla —Iván lo miraba burlón, se lo notaba muy seguro.
—La señorita Ponce declaró que todo fue urdido entre Eugenia y usted.
—Miente  —al decir esto dirigió al inspector un gesto sobrador, este sintió deseos de golpearlo, pero se contuvo.
 —El que miente es usted. Todo está en su contra, escribió las cartas, no lo puede negar y si lo hace un perito calígrafo lo descubrirá. La secretaria  era la única que sabía todos los pasos de la señora Ponce. ¡Eugenia y usted diseñaron el crimen! —la voz de Garmendia se elevó intentando provocarlo— ¡Los hermanitos asesinos!
Iván  perdió los estribos.
    —Mi hermana es demasiado estúpida para planear semejante trabajo.
 Al decir esto, comprendió que se había  delatado. Ciertamente las huellas de Iván en el sótano lo terminaron de inculpar.

Iván había chantajeado a Marcela Ponce con fotos secretas de sus momentos de pasión, le pidió dinero, que ella entregó con tal de evitar un escandalo. Las cartas del chantaje y las de amor estaban juntas en el mueble de su dormitorio.
No conforme con ese dinero, pensó en robar la obra de mayor valor. Pero ¿Por qué la asesino? Si ya había conseguido más de lo imaginado. Iván y Silvina  quedaron incomunicados.
En el peritaje se demostró que  un cable fue conectado desde el motor del hidromasaje, al caño del agua, así realizaron el crimen, el líquido, perfecto conductor de  electricidad fue el medio.
A Iván lo acusaban sus huellas en el sótano, las cartas en las que exigía dinero a Marcela, pero Silvina y Eugenia no tenían nada que las acusara. ¿Había otro implicado? Iván solo no pudo idear tantos finos detalles.
Algunas fuertes dudas perseguían a Garmendia,  consideraba a Iván demasiado torpe para idear solo semejante crimen.
Las fotos del chantaje no aparecían. Registraron el departamento de Iván y nada se encontró,  las acusadas no las tenían. Iván aparentaba  estar muy tranquilo, sabía que sin las fotos, sólo   lo acusarían por el robo de la pieza de arte. Un buen abogado podría encontrar una salida para las cartas y otra prueba no había que lo incriminara. Un importante  estudio tomó su caso, imposible que el joven pudiera solventar sus honorarios y allí  el detective comenzó a sospechar que estaba equivocando de camino. Una idea cruzó como un reflejo, había que cambiar la investigación.  Con su ayudante, y una orden de allanamiento se presentó en el estudio del abogado Galindez. Al ver al inspector y al ayudante el abogado los recibió sonriente.
—Hola, pasen y tomen asiento, ¿hay novedades?
—Sí y muy importantes.
—Lo escucho —El abogado encendió un cigarrillo y se reclino en su silla.
—Tenemos una orden para registrar su oficina y abrir su caja fuerte —Galindez  se incorporó, su cara había enrojecido.
—¿Con qué derecho? —Elevó la voz— ¿Y por qué?
—Uno de los detenidos ha mencionado su participación en el crimen.
—¡Ustedes están locos! ¿Quién me puede incriminar? Marcela fue mi amor durante años, yo nunca le hubiera causado daño… siempre la amé.
—Lo sabemos.
—¿Lo saben…? ¿Qué saben? Ustedes,  le creen a ese infeliz de Iván, a ese estúpido —al decir esto se puso de pie y comenzó a dar vueltas, se acercó al escritorio y golpeando,  vociferó— ¡No tienen ningún derecho de registrar! ¡Fuera de aquí!
El ayudante de Garmendia salió de la oficina. El inspector manteniéndose calmo le dijo:
—Yo no he dicho que fue Iván quien lo incrimino. ¿Por qué dice que fue él?
—No sé… creí entender que Iván me había culpado de algo —El abogado se iba serenando. Varios policías entraron con la orden de allanamiento y comenzaron a revisar el estudio. Galindez se desplomó nuevamente en la silla.
En la caja fuerte estaban las fotos. Al verse descubierto, se cubrió la cara con las manos, era un hombre vencido. Al fin habló:
“Durante años fui amante de Marcela, aún en vida de su esposo, ella me dejó por Iván, fue un golpe a mi hombría, un chiquilín me había robado a mi mujer, estallé de celos. Rogué, supliqué pero Marcela estaba deslumbrada por  ese pendejo y su juventud, no quiso regresar conmigo. Me tomé el  tiempo necesario y gané la confianza de Iván, sospeché siempre que lo único que él buscaba era su dinero, no me equivoqué.  Comprendí que sería fácil vengarme y sin mover un dedo, el trabajo sucio lo realizaría Iván. Lo motivé con la idea de que realizará las fotos y el chantaje. Le aseguré que la herencia de los Ponce, era de Silvina. Iván es muy torpe y cuando se trata de dinero se ciega, quería todo el dinero de las dos. Entendió que para conseguir a Silvina debía sacar del medio a Marcela y cuando le sugerí como matarla, ni siquiera dudo, hasta le pareció divertido. Era el mejor camino para sacarse de encima a su amante y quedarse con Silvina y su fortuna. La obra robada fue simplemente un despiste, para que creyeran que fue un ladrón ocasional. Está guardada en una casilla de correo.
Lo llevaron esposado. Salió con la cabeza gacha y con un peso en los hombros que  parecía cargar el mundo sobre ellos.






 Me despido por un tiempo y les deseo lo mejor, Un abrazo.

María Rosa

La gota final.




La despertó el  teléfono y una voz desconocida fue desgranando  palabras que nunca hubiera querido escuchar.

La noche anterior había sido un desborde,  se habían reunido para celebrar el nombramiento  de Lucas  Garrido; presidente de una empresa  muy importante. Casi todos los invitados, vivían en el mismo country, era una amistad de años.  Carolina era la única que desentonaba en el grupo.
Había conocido a Lucas en un viaje a Montevideo, dos años atrás. Tras pocos meses de relación comenzaron a convivir, había mucha diferencia de edad, pero a Carolina  no le importaba, lo amaba. Los amigotes, como los llamaba Lucas y él mismo, pasaban los cincuenta. Las esposas  la miraban de reojo, detrás de sus sonrisas; la envidaban y sus maridos  la deseaban.  
  
Hasta los hijos de  Lucas la consideraban una oportunista que lucraba con el dinero de su       padre,  no sólo no la aceptaban, sino que dejaron de visitarlo.
La vida con Lucas no era fácil, era un ser  agresivo y después del amor, le echaba en cara su vida anterior y le escupía con rabia  el peor de los insultos. Muchas veces, ella había intentado dejarlo, pero él, arrepentido, le rogaba perdón y se convertía en un niño necesitado de  ternura. Pasaba de la sonrisa al insulto,  de nombrarla;  su  reina a considerarla una tonta barata.

Lucas no había oído el teléfono y  ella no lograba despertarlo. Al fin se había sentado en la cama, obnubilado aun por el alcohol y sin entender qué pasaba. Ella le entregó el auricular y al escuchar la voz, Lucas pareció reaccionar, cambió de color, pasó del rojo al pálido.  ”El joven Sebastián Garrido ha tenido un grave accidente, está internado en terapia intensiva en el hospital central, conducía alcoholizado…”  Dejó caer el auricular.
Extraviado por la noticia, iba de un lado a otro de la habitación sin saber qué hacer, había recibido  un golpe en plena cara. Se vistió apurado, no dejó que ella lo acompañara, la miró con los ojos enrojecidos por el alcohol y la rabia y desde la puerta le dijo:
”Si mi hijo se muere va a ser  tu culpa, por vos no vino a mi fiesta, no quería verte, si hubiera estado acá, no estaría en esta situación”.
Salió exaltado.
Se había rebalsado el vaso.

Carolina comprendió que ya no tenía nada que hacer en esa casa, buscó un bolso, cargó algo de ropa y sus documentos, luego pidió un taxi.  Calculo que en media hora estaría en el aeropuerto, se puso un abrigo, le dejó su amor sobre la cama  y salió sin mirar atrás.






Una abuela especial.

Pintura de Jorge Frasca, argentino, pintor contemporáneo.




Miraba a su abuela, ir y venir por el patio de tierra y dándole de comer a las gallinas  y se preguntaba: ¿Por qué su madre la había obligado a pasar las vacaciones de verano en semejante pocilga?
“Tu abuela es muy sabia —le había dicho— te enseñará a vivir con la naturaleza”. 
¿Qué podía aprender  en un pueblo  encallado  en medio del desierto y junto a una mujer que apenas hablaba?  

El día que llegó, al bajar del micro, se le acercó un paisano y le dijo:
—Señorita, la están esperando en el sulky.
Se acercó y por primera vez vio a doña Josefina Faquires,  su abuela, ni una sonrisa, ni un beso, sólo le regaló un frío y áspero ¡Hola!
Después de casi una hora de viaje, llegaron a lo que sería su hogar, creyó morir de angustia. La vejez y el abandono,  junto  al olor a humedad, reinaban en el interior. Una sensación extraña flotaba  en las habitaciones, algo que no lograba  descifrar, sería el desorden o los ojos de la vieja que parecidos a los de un búho, la seguían en cada movimiento.

El argumento de su madre  había sido la edad de la anciana, “pronto partirá al otro mundo y es necesario que la conozcas,” le había dicho. Había olvidado decir que era un ser carente de ternura y palabras amables. ¿Qué podía aprender de ella?
En los pocos días que llevaba en la casa apenas si  habían cambiado unas palabras, o alguna frase sin  importancia. Tenerla cerca la estremecía, llevaba puesto un vestido sobre otro,  a cual más viejo y rotoso,  su pelo gris era un nido de pájaros abandonado, que cada mañana sujetaba en su nuca con un rodete  y que por las noches dejaba suelto, dándole una apariencia que le recordaba a las hadas malas de los cuentos infantiles.

Un mediodía al regresar del río, que era su único entretenimiento, la encontró hurgando en su mochila. Le preguntó qué buscaba y ella agitando en su mano su documento, había exclamado:
—¡Vas a cumplir quince años!
—Vaya novedad —había respondido— el veinte de marzo… ¿y qué?
—Que tenemos que hablar de algo muy serio, serás mi heredera.
La empujó tan bruscamente, que la  hizo caer sobre una silla, que crujió con intenciones de quebrarse.
—¡Vieja bruja!—le gritó con rabia.
—Justamente de eso te quería hablar…—le dijo, mientras se elevaba  hasta  el techo, hacia piruetas en el aire y por primera vez sonreía, ante los ojos asombrados de su nieta.

 .

miércoles

Dejarla ir.





El portón se cerró con  sonido a vejez y  oxido.
Él se acercó a la ventana, abrió las cortinas y se quedó prendido de  la mujer que cruzaba la calle.  En la esquina, como un suspiro en el aire, la vio diluirse, niebla blanca que entre sus manos había sido piel húmeda de amor.  Lloró, sabiendo que con ella se iba  su mejor sueño de amor.
La  comprensión de Claudia había dicho  basta, él había escalado todos los límites de su paciencia,  provocando su agotamiento y al fin lo había logrado.  Ella se había ido, sin saber la verdad. Se fue frágil como una mariposa y él había quedado solo, entre la añeja oscuridad de los pesados cortinados  y los muebles tan viejos como el olvido. La había perdido, se fue sin entender  sus desplantes ni su egoísmo.  Al menos el dolor de este desengaño la obligaría a olvidar e  intentar  una nueva vida. 
Era mejor así,  los próximos meses no serían un placer y él la amaba demasiado para condenarla a padecer la angustia de su enfermedad.
Se acercó al espejo, se vio tan demacrado que se estremeció.  ¿Y yo?  Se preguntó. ¿Qué será de mí?
Regresaría al pueblo  de su infancia, a la casa familiar,  sólo quedaban en el pueblo algunos amigos y una tía tan vieja que ya ni la recordaba.
Arreglaría la casa, eso ocupará sus días por un tiempo y  cuando resonaran los  estragos de la enfermedad y los  lobos del dolor mordieran sin piedad su carne,  pensaría  en ella y sería feliz, al menos con su recuerdo.





martes

Historia de un collar ruso.



La señora Ema Woodman se abrazaba a su esposo Tomás, sin dejar de llorar. El detective Garmendia buscaba las palabras  para tranquilizarla y  solo lograba gestos que no decían nada, le resultaba fastidioso el llanto de la mujer, notó que al esposo le sucedía lo mismo, trataba de desprenderse de su abrazo y ella no lo soltaba. Garmendia estaba inquieto.
Su superior lo había llamado para que solucionase el robo de un costoso collar, y el estado acongojado de la mujer, no lo ayudaba, los  invitados a la cena y posibles sospechosos se movían impacientes e inseguros ante la presencia de los representantes de la ley.  Todos ellos habían participado esa noche del cumpleaños de la señora Ema. Eran amigos  de la familia y       durante la cena, la anfitriona  lució el collar que había   heredado de su bisabuela  Ekaterina, lo significativo era su procedencia.  Ekaterina   en su juventud,  había sido amante del zar Nicolás, y  él  se lo había regalado,  pertenecía  a la corona Rusa. Al caer el zar en 1917 la joven huyó de su país con la valiosa joya.
El valor era incalculable, Garmendia pensó que había sido robado con la idea de desmontar las esmeraldas y brillantes, y venderlos por separado.
Los  presentes, el padre del dueño de casa; Isaac Woodman y socio de su hijo Tomás en  la Inmobiliaria, las invitadas una joven monja, Ana María, tan blanca como su hábito, miraba y escuchaba  a Pedro Garmendia con sumo interés. La secretaria del señor Woodman, Elisa Fuentes, muy bella,  seria y rígida en sus gestos, daba a entender que la situación la fastidiaba y el quinto invitado, Sebastián Woodman, hijo del primer matrimonio del dueño de casa, sonreía abrazado a su guitarra, mientras a un costado una oficial colaboraba en revisar efectos personales y a las señoras presentes.
La señora Woodman entre sollozos dijo que durante el almuerzo, el collar estuvo en su cuello, luego pasaron al living a escuchar a Sebastián  tocar la guitarra y a tomar café, allí notó su falta, buscaron por el piso, fue lo primero que se le ocurrió pensar; que se había desprendido el cierre y había caído en los sillones. Recorrieron el comedor, cada rincón de la casa, pero el collar no apareció.
La señorita Fuentes se puso de pie y caminaba  de un lado a otro, expresó que se encontraba  incómoda  al verse retenida para un interrogatorio, que ella no era una ladrona y que aquella situación la molestaba y mucho. Carmona el ayudante del detective, le explicó que la comprendía, pero que era su deber hacerle preguntas a todos, ella incluida, y encontrar la alhaja perdida.
Carmona miraba burlón a Garmendia y le dijo por lo bajo:
—No le encuentro salida a este interrogatorio, creo que  desconfían de todos.
Dejaron ir a la bella secretaria del señor Woodman y a la hermana Ana María, luego al anciano Woodman y les aclararon que ante alguna novedad que surgiese en la investigación, los volverían a llamar, el matrimonio Woodman también se retiro. Pedro Garmendia y Carmona quedaron solos.
Decidieron irse ellos también, al cruzar el jardín rumbo a la salida, encontraron a Sebastián sentado sobre unos troncos, que a modo de bancos adornaban el parque, estaba abrazado a su guitarra, mirando quién sabe qué punto del cielo, ellos se acercaron y tomaron asiento.
—¿A qué se dedica Sebastián? —la voz del detective sonó amable.
—Trabajo con mi madre, ella tiene un taller de prêt-a-porte, administro la parte comercial y estudio guitarra.
—¿Cómo es la relación con su padre y su madrastra?
—Normal, casi es mejor con Ema que con mi padre, él siempre se queja de mí.
—¿Por qué?
—Pregúntele a él, nunca me habla sino es para lamentarse de algo que hice, yo trato de vivir y dejar vivir, no le hago caso.
Se despidieron y Sebastián siguió tranquilamente abrazado su guitarra y mirando distraído a su alrededor.

Al día siguiente muy temprano, los detectives, recibieron en su oficina de trabajo, a la hermana  Ana María.
La joven desarrolló  una teoría sobre el robo y les dijo algo en lo que no habían pensado. La escucharon respetuosamente y respondieron que tendían en cuenta su hipótesis. La acompañaron hasta la puerta y mientras ella se alejaba, se  miraron sorprendidos, la presunción de la hermana  tenía lógica, ¿cómo ellos no lo habían pensado?
Carmona se dedicó a investigar las sospechas de la monja y Pedro Garmendia hurgó más profundamente en la historia de los otros invitados.

La sorpresa fue la señorita Elisa Fuentes, la poco amable secretaria, llevaba una relación amorosa con el señor Woodman desde hacía años. Uno de los empleados de la Inmobiliaria, fue quien le contó a Garmendia, previo sobre con dinero, el romance y hasta la dirección del departamento, donde acostumbraban a encontrarse. Elisa no tenía antecedentes ni por exceso de velocidad.

Carmona bebía lentamente su cerveza y de pronto dijo:
—¿Y si la hermana Ana María con su teoría nos quiere desviar la investigación? Averigüé que su congregación tiene  un hogar de chicos de la calle y  según me dijo un vecino del lugar, estuvieron con serios problemas económicos, no habrá sido ella…
—Es una religiosa…—respondió Pedro.
Carmona se encogió de hombros y pidió otra cerveza.
El calor de febrero no lo dejaba  pensar a Garmendia, después de un día de trabajo agotador sólo quería beber su cerveza y mandar al diablo la investigación, el collar y también al zar ruso.
—Mañana será otro día Carmona, basta, no puedo pensar en nada, sólo deseo una bebida helada, llegar a mi casa, bañarme y dormir.
Y así fue, luego de varias cervezas, cada uno se fue caminando por calles diferentes.

Pedro despertó con la pregunta de Carmona resonando en sus oídos. ¿Qué interés podría tener la monja para intentar confundirlos o realmente sus sospecha era bien intencionada? A él le pareció lógica su reflexión. Les había dejado picando la duda; ¿No será un auto robo?
Podría ser, no era la primera vez, ni sería la última que alguien  hace un auto robo para cobrar el seguro y luego vender la joya, tal vez en el exterior.
Tendría que hablar con un entendido en la materia, eso lo podría ayudar a aclarar sus pensamientos y luego visitaría a la Hermana, ya que Carmona no encontró nada raro al investigarla.

El viejo Lombardi no sólo era un buen joyero, también se ocupaba de comprar piezas robadas, desmontarlas y venderlas. Con su cara de inocente, convencía que era un buen tipo, pocos conocían sus trueques con el hampa. Garmendia lo visitó y le preguntó si alguien había intentado venderle un collar, o alguno de sus amigotes sabía algo de un importante  robo.
Las palabras de Lombardi aclararon un poco el panorama que el detective tenía entre manos. Según le dijo, una joya con semejante historial; revolución bolchevique, amores prohibidos, un zar y una esposa engañada, coronando la leyenda, puede ser vendido en el mercado internacional con un valor elevadísimo, ya que seguramente debe haber fotos de la época donde la Zarina lucia el collar,  nunca en esos casos conviene desmontar las piedras preciosas.


El convento en que vivía la Hermana Ana María estaba en la zona norte del gran Buenos Aires.
Los recibió la hermana superiora, una anciana de cara sonriente, muy alta y delgada que los hizo pasar a un salón pequeño, amueblado con  tres sillones, una mesita y de pie a un costado, una bella cruz de madera tallada.
Garmendia y Carmona quedaron a solas con la hermana Ana María, el detective preguntó por qué desconfiaba de la señora Ema, la respuesta  dejó a Garmendia sin palabras.”El señor Woodman ofreció una donación para nuestro Hogar de chicos de la calle, él nos habló de una apreciable cantidad de dinero mensual, para descontarlo de sus impuestos. Muy feliz fui a retirar la colaboración, a su casa, la señora Woodman me entregó un sobre que agradecí y entregué a la Superiora. Cada tres o cuatro meses la señora Ema nos llamaba y nosotros retirábamos de su casa la donación, con la cantidad escrita en cada sobre, yo firmaba un recibo y regresaba al hogar.
Un día el Señor Woodman nos pidió un comprobante de sus donaciones  para descontarlo en ganancias. Lo preparamos y yo llevé para que él lo verificara, los sobres, escritos de puño y letra de la esposa, allí  estaban las cantidades y los meses en que habíamos recibido el aporte. Los miró y se puso muy serio, sus ojos iban de los sobres a mí, lo hizo dos o tres veces, entendí que algo no estaba bien.  Me dijo: “He donado mucho más…”  Me debo haber puesto pálida, mis piernas comenzaron a temblar, Woodman se dio cuenta y me sostuvo de un brazo y me dijo:
“Tranquila, comprendo que debe ser un error, Ema no entendió cuando le dije las cantidades. Desde ahora mi secretaria le llevara todos los meses las donaciones”.
 La hermana Ana María, se puso de pie y dijo:
—Así sucede hasta hoy, no sé qué sucedió con el dinero anterior y que nunca llegó a la fundación.
—Sin pecar de curioso ¿de cuánto son los aportes actuales?
—De $30.000.-

Salieron del convento con la extraña sensación de que la señora Ema Woodman se estaba riendo de ellos, ahora había que  comprobarlo.
Con qué intenciones y cómo, la señora Ema había logrado hacer desaparecer el collar,  ya no tenían  dudas, había sido ella. A partir de ese momento se dedicarían a investigarla.
Descubrieron por información de un vecino muy curioso,  que cada viernes a la tarde, la señora salía en su coche y regresaba de madrugada.
Era el momento de volver a la Inmobiliaria e intentar que el esposo, aclarara esas salidas. “No sé  adónde va, ella hace su vida y yo la mía,”. Le solicitaron la dirección del negocio de modas de la ex esposa, les entregó una tarjeta y los miró con desconfianza, pero nada preguntó.
El interés de los detectives  era hablar con Sebastián, él había hablado de su buena relación con Ema, seguramente, les podría dar un hilo para desenredar la complicada madeja  que tenían entre manos, luego sería tiempo de hablar con la dueña del collar.
El taller de la ex esposa del señor Woodman, funcionaba en una casa del bajo Flores. Los recibió Sebastián, se notaba inquieto, miraba de reojo a su madre que colocaba telas sobre un maniquí y que en ningún momento se acercó a ellos. Pasaron a una oficina y tomaron asiento.
—Tenemos la seguridad que la señora Woodman  tiene el collar —dijo Carmona— y que todo el robo a sido una pantomima creada por ella.
Sebastián se frotaba las manos, sus ojos iban de uno a otro, no sabía que decir.
—¿Y por qué me preguntan a mí, qué puedo saber?
—Nos dijiste que tenias buena relación con ella, tal vez te dijo algo; si tenía deudas o problemas económicos.
—Sólo sé que le gusta mucho jugar en las maquinitas  y se la pasa en los bingos hasta cualquier hora, allí pierde la cabeza y muchos miles.
Se  puso de pie, apurado por finalizar la conversación e invitándolos a irse.
—Te dejo mi tarjeta Sebastián, tal vez puedas recordar  algo más…
Los acompañó a la puerta y al pasar por el taller la mirada de la ex señora Woodman los atravesó como un plomo.
Mientras regresaban a su oficina conversaban y Garmendia comentó:
—¿No te parece que es demasiado fácil, que ella se hubiera robado? Hay algo que se nos está escapando y no sé qué es. Si necesitaba dinero por tener deudas de juego, lo hubiera vendido  por una buena cantidad que le alcanzaría para saldar varias deudas, Lombardi me dijo que hay un mercado que se encarga de vender  en Europa, los coleccionistas pagan mucho dinero por ese tipo de joyas.
—¿Y entonces?
—Entonces, vamos a volver a insistir con Sebastián, huelo que ese niño bien, sabe más de lo que dice.

Días después fueron a buscar a Sebastián, en la puerta del taller de su madre, estaba la moto del joven. Esperaron.
Lo llevaron hasta un bar cercano y ocuparon una mesa cerca de la puerta, pidieron tres cervezas.
—¿Ayudaste a tu madrastra en el robo del collar?
—Usted está loco, yo no robe nada.
—¡¡Nosotros creemos que si…!!
—Ustedes son un par de granujas que quieren complicarme en algo que no hice.
Intentó levantarse y Garmendia le dijo mirándolo a los ojos:
—Ese día diste un  concierto con tu guitarra… luego en todo momento te vimos abrazado a ella como un enamorado. ¿Por qué?
—No sé de qué me habla, no recuerdo cómo agarré la guitarra, ustedes inventan historias y si no tienen nada más que decir, me voy, tengo trabajo que terminar.
Salió apurado y  subió a su moto que arrancó a toda velocidad.
—Lo pusimos nervioso  —dijo Carmona.
—Eso es lo que quería, creo que es un perejil que otro utilizó y hay que descubrir quién es.
A partir de ese momento, vigilaron a Sebastián a toda hora y sin que él lo advirtiera.   

Luego de varios días de seguir al joven, no habían hallado nada extraño, trabajaba en el taller o salía con su abuelo, el viejo Woodman, lo llevaba en auto al banco, a su casa, nada sospechoso, hasta el quinto día de vigilancia en que lo acompañó al centro, y fueron directo a la joyería Prieto de la calle Libertad, una casa especializada en compra venta de alhajas de calidad. Los detectives quedaron en su coche, esperaron largo rato para velos salir y hablar con ellos, pero los Woodman, no aparecieron.
—Vayamos a ver Carmona, me resulta sospechoso que estén tanto tiempo en el negocio.
Los atendió un señor mayor, quien muy amablemente  negó la presencia de los Woodman. Garmendia mostró sus credenciales.
—Señor Prieto, comprendo que debe guardar en secreto la compra y venta de sus clientes, nosotros estamos siguiendo el robo de un collar y sospechamos que los Woodman tengan interés en venderlo.
Los ojos del señor Prieto se abrieron, sus manos se sujetaron al cristal de la mesa para disimular el temblor.
—¿Robo…?
—Sí señor, tratamos de encontrar un collar robado.
Prieto retomó su compostura y aclarando la voz dijo:
—Nadie  me ha ofrecido un collar señores.
—¿Y dónde están los Woodman, abuelo y nieto, que entraron y no volvieron a salir?
—Están equivocados.
—Basta de pamplinas señor Prieto, colabore con nosotros o varios amigos míos del AFIP le van a hacer una visita.
Nuevamente la compostura del señor Prieto voló por el aire, respiro hondo y dijo:
—Ellos salieron por la puerta de atrás que da al estacionamiento, dijeron que los estaban siguiendo, temían que fueran ladrones, me trajeron un collar la semana pasada  y según relataron, pertenece a la madre del joven, es una joya finísima y con un historial que despertó gran interés en varios coleccionistas europeos, yo les hice un contacto con un  francés, que fue quien ofertó mayor valor, tengo mi ganancia en el trato, pero ellos nunca me dijeron que era robado.
—Pues sí, es robado, así que conviene que nos escuché y colabore.
Mientras  el señor Prieto cerraba con llave el negocio, una empleada los hizo pasar a un cuarto, tras ellos entró  el joyero y cerró la puerta.

Los puso en conocimiento de que el coleccionista francés  llegaría en una semana y que ya habían alquilado para el jueves 15, un box de un banco  importante para hacer la entrega del collar  que estaba en una caja de seguridad, pagarían a Prieto y el resto lo dejarían en esa caja, hablaban de un millón de dólares. Un negocio redondo.
Los detectives dejaron de seguir a Sebastián para que abuelo y nieto, tomaran confianza de que nada había averiguado, ahora sólo les quedaba  ir ante el fiscal y presentarle las pruebas del caso y obtener una orden del juez para presentarse en el banco.

¿Pero quién fue el cerebro del robo, el viejo Woodman o Sebastián? Ninguno de los dos, fue la bella secretaria  señorita Elisa Fuentes. Hay amores que despiertan pasiones muy fuertes, ella estaba enamorada de Tomás  Woodman, desde hacía años y odiaba a Ema. Tomas le juraba amor, pero no se separaba de su esposa y buscó perjudicarla, robando el tesoro más preciado de Ema, el collar de su abuela Ekaterina y así  obtener una ganancia que la hiciera vivir por el resto de su vida sin problemas económicos, cuando Woodman la abandonara por otra más joven. Planearon el robo con Sebastián, que buscaba demostrar a su padre que no era un tonto como él pensaba y el viejo  Woodman, ambicioso, colaboró con sus contactos, para obtener una buena parte  en el robo.

Durante la fiesta del cumpleaños, Elisa, acompañó a Ema a su cuarto y mientras le arreglaba el peinado abrió el cierre del collar, al ponerse Ema de pie y caminar a la puerta el collar se deslizó y cayó sobre la alfombra, fue un juego peligroso que pudo resultar mal, pero los hados  acompañaron  a Elisa,  envolvió la joya en un pañuelo y lo entregó discretamente  a  Sebastián, quien lo escondió dentro de su guitarra, por eso el joven llevaba a la guitarra, en todo momento abrazada a su pecho.
La suerte de Elisa terminó el jueves 15, al llegar policías de civil con una orden del juez para revisar el box 30,  donde se estaba tramitando la venta del collar. Ni los clientes, ni los empleados del banco comprendieron  lo que estaba sucediendo, Elisa salió acompañada de dos señores, lo mismo sucedió con Sebastián y su abuelo. El coleccionista francés no se salvo de ir detenido, hasta que sus abogados aclararan su situación. El collar para desconsuelo de Ema Woodman, fue devuelto a sus verdaderos dueños y hoy está en la bóveda de un banco  y forma parte del tesoro nacional ruso.








AFIP:  Administración Federal de Ingresos Brutos.



Garmendia investiga.

El inspector  Garmendia  recorría la cocina de la familia Ponce, observaba con atención  a Eugenia,  la secretaria, que entre lágr...