lunes

La senda.








Su padre le había hablado sobre el misterio de la muerte. Será un largo andar a oscura –le decía.  Encontrarás  caminos que se abren, ignóralos, no son los verdaderos y aunque  percibas que te acechan ojos indiscretos; sigue adelante. Al final hallaras una gran piedra  y al apoyar tus manos sobre ella, la oscuridad te abrazará, hasta entender que te ahogan esos brazos de bruma y todo terminará para ti.
Era el presagio de un hombre que vivió acorralado por la amargura y la fue transmitiendo a cada uno de sus hijos.
Y ahora, que se acercaba el final, otra voz brotaba sin saber desde donde, si desde su mente o desde la brisa azul que entraba  por la ventana entreabierta; era su madre que le hablaba. Ella  fue diferente a todas las personas que rodearon su vida, pero tan débil ante el carácter de su padre. Había sido clara en sus enseñanzas, rezadas en voz baja y a escondidas, la muerte, según su madre era una senda hacía la luz y ella lo estaría esperando.

Y ahora que el sueño lo vencía, no lograba abrir los ojos, se dejó llevar por esa suerte de vuelo sin destino. Nadie lo acompañaba, ya todos habían partido y él era el último de esa familia,  donde la soledad fue aceptada por todos, sin una queja. Gravitaba alrededor de su cama, el canto indefinido de un pájaro le llegó  cercano, tal vez, el sería su acompañante en esa senda desconocida; el momento había llegado.

Se halló en un pasillo brumoso, a medida que avanzaba pudo distinguir  la vía principal y los caminos que se dividían  a izquierda y derecha. El miedo que había intuido al pensar en ese momento, no existía. Un viento invisible agitaba su ropa y lo empujaba hacia adelante. Se encontró frente a una piedra que, al apoyar sus manos, se abrió de par en par para darle paso y cuando esperaba lo peor, una luz intensa  lo recibió. Había llegado.



El Zonda.

 Imágenes del viento Zonda en Mendoza

A don Juan de Dios Souza no le ha sido fácil llegar a los sesenta años, viviendo  solo  en  ese rincón  perdido de la provincia de Mendoza,  donde   tres casas y restos de un pueblo perdido imitan  el fin del mundo.
Tres casas con la propia incluida.  En una de ellas  vive Roque,  que fuera sacerdote en el sur, allá por Cañadón Seco  y  que renunció a sus votos  por una mujer;  pero  convivir con ella  fue difícil  y ahora  prefiere la soledad, el frío y las montañas mendocinas.   Cada viernes,  Roque va a San Rafael a comerciar su cosecha y la de Juan de Dios, frutas y verduras  que varían  según la estación. Con ese mísero cobro apenas les alcanza para adquirir los alimentos  que reparten  al  regresar. Es el  día que se encuentran y conversan,  luego cada uno regresa a su mundo solitario.
En la otra casa, la tercera, habita el silencio,  la dueña falleció  y nadie la ocupa desde entonces.
Juan de Dios cree que lejos de la ciudad  desvía  el  miedo, ese  que habita  en su conciencia.  No quiere pensar en él.  Después de tantos años lo ha domesticado. Sin diarios, ni libros, ni visitas que cuenten historias,  él existe más o menos en paz. Es que hay días en los  que algo sucede y le parece escuchar de nuevo los gritos, sabe que es su imaginación y se pregunta si terminará loco como su padre, no,  lo de su padre era demencia senil y él está lejos de ese final. ¿O no?
El viento Zonda tiene la culpa  de su fastidio, cuando llega, gime y arrasa todo  lo que encuentra. Y él se pregunta,  cuál será la misión de estas tres casas que a pesar de tantos años, el Zonda las deja en pie.  El viento trae gritos,  voces que lo perturban, Juan de Dios las reconoce, no las ha olvidado. ¿Cuántos años pasaron?  Veinte  o más, la memoria suele ser algo anacrónica, pero en el viento están ellas, prendidas como abrojos.  De dónde llega  el muy maldito, si aquello sucedió en el sur del Río Negro. ¿Cómo es posible que  el viento las guarde y,  cada vez que pasa,  él rememora aquel día?  Fue cerca del arroyo Los Berros, en ese tiempo era tierra de nadie y el descubrió que los muchachitos, dos pobres mapuches, habían hallado  oro.
Los muy tontos cambiaron las pepitas en el pueblo y la noticia corrió ligera entre los vecinos. Más rápido fue él que los siguió y les exigió que le dijeran de dónde las sacaban, no  hablaron, estaban asustados. Lo reconocieron y se vio en la obligación de dispararles.  Habían recibido una bala cada uno  y el arma se le trabó y los  muy hijos de perra aullaban suplicando piedad,  no  querían morir.  Se arrastraron  buscando ayuda y los descubrió. Los ató a un lapacho  y los dejó abandonados a su suerte. Les arrancó  la bolsa de  oro y se fue. Después de varios meses llegó a Mendoza.
¿De qué le sirvió el oro?
Nunca lo vendió,  por miedo a que la noticia corriera de boca en boca y asociaran su oro con la muerte de los chicos. Las pepitas siguen  en su casa,  en la misma bolsa y escondidas bajo las tablas del piso de la pieza.
Cuando llega el viento, lo hace acompañado de los gritos, él los reconoce.  Juan de Dios corre a su cuarto  y ve que las maderas del piso se mueven, dan la sensación de que  quieren levantarse, nadie las toca y él sabe que es su imaginación, pero las ve moverse, las oye crujir y  se estremece. Pasa el Zonda y el silencio vuelve a ser su compañía.
El viernes  don Roque fue al pueblo y no regresó.  Pasaron los días y  nadie ha llegado para avisar qué le ha sucedido al viejo cura, sólo el viento Zonda lo visita, con su queja de aullidos y gemidos.
Las paredes  de la casa tiemblan, en la puerta se escuchan golpes. ¿Será el viento? Juan de Dios sabe que son los muchachos que vienen a buscar su oro.  
Afuera  el Zonda ha enloquecido, arranca los árboles de cuajo y vuela la tranquera. Desde la ventana ve chapas y arbustos  que pasan ondulando  en el aire. El viejo se esconde detrás de unos muebles. Una tabla cae sobre sus  piernas  y queda preso, no puede moverse.
Al amanecer el viento calmó  su furia, pero no se va. Al fin logra quitar el peso  y se arrastra  tratando de salir. En  la pieza,  el piso fue levantado y la bolsa con el oro no está.  Juan de Dios busca en todos los rincones,  nada ha quedado en pie. La casa se va desarmando,  una viga cae a su costado, debe alejarse antes que las paredes lo aplasten.
Sólo le interesa encontrar su oro. No está. El zonda se lo  ha llevado. Intenta salir y esta vez  otra tabla cae sobre su espalda, ahora sí que será imposible moverse. Tal vez,  Don Roque regrese y lo ayude. Don Roque ha quedado en la ciudad por culpa del Zonda.  Y las horas  pasan y el ventarrón sigue. El hambre y la sed lo agobian; Juan de Dios  delira, escucha risas, grita pidiendo ayuda.  
Y allí los ve, son ellos: los muchachos que  festejan y le muestran la bolsa con el oro. Ruega, llora y presiente que la muerte está cerca.
Una pared cae y, como en un escenario, los ve irse.  Son ellos,  que se toman de la mano y vuelan. 
El zonda se los lleva….


Otro antiguo cuento premiado por la editorial “Mis escritos” publicado años atrás en mi blog, hoy regresa remozado.

mariarosa






                                                             






domingo

La chiquita René.







La casa pareció reconocerme, se abrió sola la puerta, el viento y la lluvia,  me dieron paso.
Los años habían dejado su sello descolorido en las paredes, la marca de los cuadros que alguna vez la alegraron, confirmaban, de que hubo tiempos mejores en sus habitaciones.

Te vi llegar.
Entraste  con temor, dejaste el paragua a un costado y le diste paso a un señor desconocido que te acompañaba, era alto, muy delgado y miraba los ambientes con un dejo de desprecio y vos, siempre elegante y tratando de ignorar su gesto, lo fuiste  guiando, señalando los metros de cada cuarto. Comprendí que tu acompañante  era el tasador de una inmobiliaria, ibas a vender la casa de los viejos, nuestra casa de la infancia, los vi salir al parque y los seguí.

Había un olor peculiar en el aire, es el que deja la lluvia después de abandonarse sobre la tierra,  una mezcla de humedad y madera, tal vez,  de los hongos que aparecen cubriendo restos de troncos y paredes descascaradas,  donde los ladrillos  sudan olores añejos de vida y misterio.
El hombre alto y delgado se fue, quedó en llamarte y te quedaste sola, tu coraza de mujer dura se aflojó y  te vi llorar, dejaste que tu cuerpo se abandonara sobre una desvencijada silla y diste rienda suelta a quien sabe cuántas evocaciones, que habían quedado en tu memoria. Lloraste hermana, lloraste y me estremecí al verte tan desconsolada, hubiera querido dejar de ser un fantasma y abrazarte, pero no pude.

 De pronto te pusiste de pie, te arreglaste el maquillaje y saliste muy erguida, volvías a ser la señora de Ruiz Valente, sobre la silla, un soplo de brisa deshizo  el recuerdo de mi hermana René, la chiquita René.



La mujer de negro.





Mi amigo Pedro suele contarme  sucesos de su vida, que nunca sé si creerlos o tomarlos como las fantasías de un abogado muy imaginativo que en sus ratos de ocio se distrae inventando sucesos.
“Buscando  descansar —me dijo— llegué  a un pueblo perdido a  400 km de Buenos Aires. Pocos habitantes, apenas si conté seis en el tiempo que estuve allí.  Casas deshabitadas y una fábrica  destruida por los años que mostraba los  signos de un tiempo mejor.
La casa que había alquilado, aunque antigua, estaba en buen estado.
El río estaba cerca y eso era  importante para mí, pescar, olvidarme del estudio y de los clientes, al menos por un mes.
Alejado de mi Notbook, y con el celular sin línea, me sentía un hombre feliz.
El silencio era total, sólo lo quebraba algún pájaro, un ladrido lejano o las campanas de la capilla llamando a misa, al principio me molestaba su sonido, luego me fui acostumbrando, no solo a ellas, también a la mujer que con larga mantilla y  vestida  de negro,  cruzaba cada mañana por la calle de tierra. Lenta en su andar, su falda  se movía cual un péndulo, mis ojos la seguían, hasta que su figura entraba en la Iglesia.

Una vez por semana iba al pueblo vecino a comprar alimentos. Un viejo almacén  donde el dueño, don Britos, se esmeraba por cumplir con la lista del pedido.
Un día me preguntó si no me aburría entre tanta soledad, le conté que  era para mí un placer, sólo tronchado por las campanas que a las siete llamaban a misa.
Don Britos me miró raro.
—¿Qué campanas? —Preguntó  y siguió sin esperar respuesta  —la iglesia está abandonada, ni cura tiene. ¿No le contaron la historia?
—No.
Feliz de poder hablar con alguien que le prestara atención,  me dijo:
—Hace años, allí existía un saladero muy importante que daba trabajo a medio pueblo y a otros que venían  desde el sur, don Gaspar Rojas era el dueño, la esposa, doña Agustina era una joven muy agraciada, pero, cometió el error de enamorarse del cura, un tipo joven y buen mozo. Los comentarios que se tejían en el vecindario trastornaron al viejo. Una mañana después de misa, entró a buscarlos y los encontró en la sacristía; abrazados, don Rojas enloqueció y los mató a los dos. Él fue preso y el saladero debió cerrar sus puertas. Lo habitantes al quedar sin trabajo, buscaron otros pueblos, y hoy, solo quedan dos o tres viejos... pero de eso hace más de veinte años…
No supe que responder. Él sonrió burlonamente y dijo;
—El sonido que escucha debe ser el viento,  la sudestada que trae el río, es la que mueve las campanas.
Lo primero que hice al llegar, fue correr a la capilla, empujé las puertas que chirriaron con voz de oxido y las abrí de par en par, el cuadro que encontré, me heló la sangre, era un lugar abandonado, ni bancos ni  altar,  la marca de una inmensa cruz sobre la pared era el único signo religioso que quedaba. Avancé transpirando, los ventanales rotos dejaban pasar ramas de arbustos, y algún que otro pájaro que entró conmigo, revoloteaba  tan asombrado como yo. Papeles, restos de botellas y maderas cubrían el piso, regresé aturdido y esa noche no dormí.

Al día siguiente, se escucharon las campanas y ella, la de negro, volvió a cruzar por la calle de tierra.

No lo pensé más, preparé mis valijas y regresé a la ciudad”.




"La mujer de negro" es un viejo cuento ya publicado hace varios año, hoy lo he presentado corregido y remozado.

María Rosa.

La foto.




La única vez que vi la imagen tendría unos siete años y me conmovió su crudeza. Entré en un mundo ajeno del que no comprendía el significado e imaginé que era una  escena de esas películas que no me dejaban ver y que yo espiaba detrás de las cortinas.
Los bordes recortados de la foto denotaban su antigüedad, se veía en ella un ataúd  cerrado, y rodeándolo, tiesos y de pie, una mujer cubierta hasta la cabeza con un manto oscuro y dos  niños que miraban  la cámara con temor. Tal vez no intuían que quedarían así por toda la eternidad y  que aunque crecieran, ese momento se había congelado y ellos en él.
Impresionado, cerré el álbum y lo guardé. Mi padre me explicó que  la mujer era mi bisabuela Jacinta a la que no había conocido y los niños,  mi abuelo y su hermana. Y el ser al que estaban velando era Esculapio Montes García, el padre de los pequeños.
Costumbres de principios del 1900, algunas familias fotografiaban a sus muertos, como un gesto de respeto.
Tal vez fueron las caras de los niños, tan serios y compungidos, o  el sepia borroso de la foto, no lo sé; pero, jamás intenté volver a mirarla. Sin embargo, la historia de esa foto reaparecería en mi vida, décadas después.

Al morir mi padre, encontré entre sus papeles una escritura muy antigua, databa de finales del 1800 y estaba a nombre de Esculapio Montes García. Investigué y así era, existía esa propiedad en Bragado, fui a verla y comenzaron las sorpresas.
Mientras viajaba, intenté razonar qué había sucedido con Esculapio, que nadie recordaba su historia y por qué tanto misterio rodeaba su vida y su muerte.
La familia que vivía en Bragado llevaba mi mismo apellido. Debí mostrarles mi DNI, para que me creyeran y yo les pedí el suyo.  Me hicieron pasar, cosa que agradecí, el cansancio y el asombro por lo que estaba viviendo y no entendía, me habían agotado. Los escuchaba con un silencio incrédulo, sus palabras y las fotos que fueron exponiendo sobre la mesa me convencieron.
Mi bisabuelo y el suyo eran la misma persona. ¿Cómo podía ser, si Esculapio había muerto muy joven?
La abuela de mis nuevos parientes, que era una anciana lúcida y con buena memoria a pesar de sus años, recordó la historia que había escuchado de sus mayores y, como quien recita una lección  que se sabe de memoria, me dijo:
“Esculapio, mi abuelo, se había enamorado locamente de Lucía, una prima de tu bisabuela. Escapó con ella y le dejó todas sus propiedades a Jacinta para que no pasaran penurias, ni ella ni sus hijos, todo, menos la casa de Bragado, donde acostumbraban a pasar los veranos, y aquí vino  a vivir, para alejarse de Jacinta y con intenciónes de formar una  nueva vida con Lucía; pero Jacinta, cegada por los celos, nunca le entregó la escritura”. Había sido su pequeña satisfacción.
—Siempre creí que Esculapio había muerto muy joven —dije con voz entrecortada— hasta vi una foto del velatorio…
No pude seguir hablando, se me cerraba la garganta
.
“Así fue —dijo la anciana— .Cosas de Jacinta, que nunca perdonó a ninguno de los dos por haberla engañado. El velatorio a cajón cerrado y el entierro en el cementerio  fueroon su venganza; no fue el único caso, hubo muchas  mujeres engañadas que repitieron la misma historia, cosas de antes. Con los años eso se fue olvidando y quedó como un secreto de familia del que nadie hablaba y que se fue muriendo con los más viejos. Esculapio y Lucía vivieron treinta años juntos y felices, no creo que el rencor le haya dado a Jacinta esa posibilidad”.

Me fui con un nudo en el estómago y  dolor en el alma.
Tiempo después regresé a Bragado con la escritura y la entregué a mis  parientes, pero nunca más volví a visitarlos.


La mujer de la Plaza





Hoy no hay cuento, París y la torre Eiffel son la historia. Una mujer bajo la lluvia. Frente a ella la torre, y cuatro personajes que la miran y piensan, cada uno según su ver.




Luis (empleado).
Pensé que era una más de las turistas que caminaban por los jardines de Luxemburgo, al observarla detenidamente comprobé que era diferente, algo en la desconocida, casi diría un sello de distinción, la elevaba del común, ella se deslizaba bajo la lluvia con un paraguas negro, de pronto se detuvo y quedó con la mirada clavada en la Torre de Paris. La llovizna dibujaba sobre las baldosas de  cuadros marrones, un inmenso espejo de agua, reflejando la figura de la mujer y de la torre Eiffel, una al lado de la otra, aunque en realidad las separaba  una gran distancia, allí se las veía juntas, alargándose, en un efecto elástico. ¿Qué puede motivar a una mujer hermosa, quedarse quieta mirando la torre y sin dejar de llorar? ¿Recordaría algún encuentro amoroso? No lo pude saber, pero emocionaba su imagen solitaria en medio de la plaza, tal vez sufriendo por un amor  del que se despidió en una tarde de lluvia igual a está… puede ser, en París todo puede suceder.



Sergio (Gerente de una editorial).
Hoy pude salir antes de la editorial y decidí, a pesar de la lluvia,  recorrer los jardines y las plazas de París. Cuántos  paraguas de  colores, bebiéndose la niebla que cubre la tarde y le da a las calles una pintura especial, por momento me recuerda a las viejas películas  en blanco y negro, aquellas  de la década del treinta, románticas y lejanas. La torre Eiffel apenas se vislumbra, pero los turistas o los que como yo viven aquí, nos quedamos en la plaza a disfrutarla. A lo lejos los arboles y los edificios son fantasmas quietos que nos miran. Que bella es esta ciudad, con su enorme torre a la que los visitantes admiran. ¿Qué tendrá que a todos hipnotiza, ese monstruo de hierro y luces? 
Hay una mujer a mi lado que mira la torre y llora, cuántos misterios guarda el alma humana. En esta ciudad, cada ser, es un mundo de posibilidades de todo tipo. Me recuerda a alguien, parece el personaje de una novela de amor ¿Y si la invitó a tomar un café? Es hermosa. La podría invitar a ver el atardecer sobre el Sena, o a caminar por alguna de esas callecitas que  dan para un romance, algo sin importancia, una salida, un beso y tal vez una noche de amor en París… “Siempre nos quedara París”.(1)


(1)Frase final de la película “Casablanca”


Ana (Florista).
No he vendido ni una rosa, a nadie le interesan las flores en este otoño lluvioso, hace días que la ciudad es un gris monumento a la tristeza. Odio Paris y pensar que llegué con tantas ilusiones de las que  sólo me queda un cansancio añejo en los huesos. ¿Y aquella mujer del paraguas negro, por qué estará llorando?  Es bella,  lleva ropa abrigada, no como yo que apenas me cubro con una capa de nailon, ella muestra demasiada melancolía, bah… hay gente que de todo se queja y por todo llora. Se ha quedado quieta bajo la lluvia y a pesar del paraguas, el viento con sus ráfagas la debe mojar, pero no se mueve. ¿Estará esperando a alguien? ¿Y si le ofrezco mis rosas? Al menos venderé algo y mi día no habrá sido en vano. Tal vez es una prostituta esperando a un cliente, Paris está poblado de mujeres que se ganan la vida vendiéndose por unos Euros, esta no tiene el tipo de los bajos fondos, pero, quién sabe… Sigue llorando, no, no puede ser una mujer de la vida, yo las conozco, las veo a diario, llevan un sello de vulgaridad y esta, muestra algo que la distingue más allá de su elegancia, seguramente es una tonta que llora por amor.




Martina (Estudiante)
La lluvia es suave, una caricia fría estremeciéndome y pintando a París con un tono dorado, seguramente es el reflejo del sol apenas visible que le da esa tonalidad y desde la plaza, puedo abarcar el horizonte y la niebla lejana que envuelve con su abrazo  la ciudad. Cierro los ojos y vuelo sobre las nubes y recuerdo otra París, tan lejana, aquella de la que mi abuela  hablaba, tan bella y colmada de momentos felices… hoy las dos son un recuerdo.
Hay una mujer parada en la plaza con un paraguas negro, mirando la torre Eiffel. ¿Quién sabe a qué mundo fantástico vuela su imaginación? No se mueve, es una  estatua más de las tantas que hay en París, parece parte  del paisaje, tan  solitaria y elegante como la torre que admiran sus ojos, ahora se aleja, no lo puedo creer. Algo en ella me recuerda a la Maga, aquel personaje de Cortázar ¿Sera  producto de un espejismo? la estoy viendo desvanecerse entre la bruma… desapareció. Solo ha quedado grabada en mi retina como una fotografía, ¿será otra de las magias de París? ¿Sería en realidad La Maga? Cada nuevo día me sorprende y creo que aquella ciudad de la que hablaba mi abuela, sigue viva, aquí y ahora.



    

Ellos.



La estación del subte estaba vacía, un silbido surgía desde la parte oscura del túnel, mis ojos  recogieron la negrura de esa garganta que se perdía en una curva sin fin.
Escuché pasos, alguien se acercaba por el andén, reconocí el uniforme azul,  era un empleado de mantenimiento.
—Se escucha un silbido en  el túnel, está por entrar un tren y puede ser peligroso —le dije.
—No se asuste, son los de la estación de Pasco Sur —respondió.
— Pero, si Pasco Sur está cerrada desde hace años —insistí.
—Está cerrada para nosotros, pero ellos van y vienen cuando quieren.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté.
No respondió y se fue  por el pasillo, entró en una puerta que surgía al fin de la estación.
De pronto una luz, como un mechero gigante,  apareció parpadeando e iluminó el túnel y vi la imagen de una  mujer vestida de blanco y caminando por las vías con suma tranquilidad. El sonido del tren que se acercaba,  provocó mi desesperación, comencé a transpirar, a gritar y a hacer señas, pero ella seguía sin oírme. La va a matar, dije en voz alta, estaba solo y sin  poder  ayudarla. En un último intentó, grité:
—¡Salga de las vías!  
El tren llegó. Y nada, ni un grito, ni el ruido que provoca un accidente, quedé  petrificado en el andén, no quise subir y  cuando las puertas se cerraron y los vagones lentamente se pusieron en movimiento, la vi de pie y sonriente saludándome desde el interior del último de los coches. ¡Es imposible! Me dije.
Apareció de nuevo el empleado  de mantenimiento, desesperado le conté lo sucedido y sonriendo me dijo:

—Le dije que no se preocupara, son los fantasmas de Pasco Sur que siempre deambulan por acá.




(La estación Pasco Sur fue clausurada en 1953,  desde entonces se tejen sobre ella muchas leyendas urbanas, yo agregué mi granito de arena con este cuento.)

La senda.

Su padre le había hablado sobre el misterio de la muerte. Será un largo andar a oscura –le decía.  Encontrarás  caminos que se...